ENTREVISTA A JUAN JACOBO BAJARLÍA

 

Esta entrevista fue realizada por Carlos Abraham, en la ciudad de Burnos Aires, el 20 de junio de 2004. Apareció publicada (junto con la bibliografía que la acompaña) en el número 2 de “ Nautilus”, primera revista en lengua española dedicada a la historia e investigación de la ciencia ficción hispánica (en especial, argentina). Para más información sobre “ Nautilus”, escribir al siguiente e-mail: carlosx106@yahoo.com.ar

Juan Jacobo Bajarlía (Buenos Aires, 1914), de profesión abogado, es autor de una amplia obra en poesía, cuento, novela, ensayo y teatro. Entre 1948 y 1956 dirigió la revista Contemporánea, y en 1983 la revista Referente / El ojo que mira. Formó parte, en 1944, del Movimiento de Arte Concreto-Invención, junto con Gyula Kosice, Edgar Bayley, Carmelo Arden Quin y Tomás Maldonado, entre otros. Este grupo de pintores, escultores y poetas introdujo el dadaísmo en Argentina, aunque sin aceptar su automatismo; una de sus características fue combinar lo representativo con lo abstracto. Bajarlía también adhirió al signismo, corriente que propone que los signos lingüísticos son insuficientes para denotar el entorno contemporáneo, y que deben ser reemplazados por otros producidos por instrumentos mecánicos, a fin de significar la alienación del hombre actual.

La ciencia ficción y el terror son sus géneros más transitados. Además de en sus libros, los cultivó en sus colaboraciones en las revistas Cuarta Dimensión (dirigida por Fabio Zerpa) y Umbral Tiempo Futuro (dirigida por Nahuel Villegas), y en las antologías de relatos Cuentos argentinos de ciencia ficción (Merlín, 1967), Los argentinos en la Luna (De la Flor, 1968), La ciencia ficción en la Argentina: antología crítica (Eudeba, 1985), Ciencia ficción: cuentos hispanoamericanos (Huemul, 1993), Los universos vislumbrados (Andrómeda, 1995) y Cuentos con humanos, androides y robots (Colihue, 2000).

C.A.: ¿Cómo fueron sus inicios en la literatura?

J.J.B.: Todo empezó con una discusión con el editor catalán Torrendell, que publicaba por entonces cuanto libro encontraba. No había ley de propiedad intelectual, y Torrendell, en su editorial (Tor), publicaba las mejores obras del mundo, pero cortadas y mutiladas para encajar con el tamaño estándar de sus colecciones. Me presenté a él con un libro de sonetos; le echó un vistazo y dijo: “¡Coño! Es mejor que te dediques a otra cosa”. Le respondí: “¿Qué sabe usted de poesía?”. Y empezamos a discutir de poesía. Yo escribía sonetos porque tuve una mala profesora de literatura que decía “Nadie es poeta si no escribe sonetos”. Ahora bien, hacía cinco días que los gráficos estaban de huelga, y necesitaba personal. M e dijo: “¿Quieres que te publique ese libro? Te lo publico pero me tienes que hacer treinta prólogos de una página y media cada uno para una colección que yo tengo para las escuelas secundarias”. Me llevó a un salón, y en una estantería tenía la enciclopedia Espasa Calpe, que en aquel entonces tenía 24 volúmenes. “Es muy posible que tus conocimientos flaqueen”, dijo. “Cuando no conozcas al autor, búscalo en el tomo correspondiente. Lo que ves arriba en el tomo, ponlo abajo; lo que veas abajo, ponlo arriba. Mezclas todo y ya está hecho el prólogo”. Me dio una lista con los autores. Al día siguiente me instalé en una de las oficinas, pero no hice lo que él decía, sino que leí sobre los autores y escribí los prólogos con mis propias palabras. Cuando tuve hechos cinco, Torrendell comentó: “Coño, que bien escribes”. Advirtió que yo no copiaba. Entonces publicó 200 ejemplares de mi libro, Sonetos de amor y llanto, en 1936. Después lo saqué de mi bibliografía porque es muy malo.

C.A.: ¿Cómo tomó contacto con la ciencia ficción?

J.J.B.: Comencé leyendo el Libro de los muertos egipcio y la Epopeya de Gilgamesh, que junto con mi trabajo en algunos casos penales un tanto fantásticos o extraños, me predispusieron a interesarme por la ciencia ficción. Luego, leí autores como Asimov (que me atrajo por su gran bagaje de conocimientos) y Bradbury (en este caso, por su lirismo). Lo hacía en inglés, en revistas como Astounding yThrilling. La ciencia ficción me parece importante porque agrega una dimensión especial a la vida humana, transforma al ser humano. Permite llegar a ciertos temas trascendentales como la muerte, y el porqué de la destrucción, de una forma muy libre. Es la imaginación absoluta.

En 1950 publiqué mi primer libro del género, Estereopoemas, que dicho sea de paso es el primer poemario de ciencia ficción de la literatura argentina. Continué esa corriente en Nuevos límites del infierno (1972) y Poema de la creación (1996).

En 1955 escribí la primera obra teatral de ciencia ficción de nuestra literatura, Los robots. El subtítulo es Tragedia mecánica. Esa obra se transmitió, años después, por Radio Nacional. Tenía cinco personajes: Robot 1, 2, 3 y 4, y el Gran Robot. En aquel tiempo estaba de moda la cibernética; se hablaba permanentemente de ella porque era algo nuevo. Los robots transcurre en el futuro. Los hombres han desaparecido y gobiernan los robots. Entonces uno de ellos encuentra en una playa a un tipo que se parece a Cibernius (es decir, al primer hombre que fabricó un robot). Había caído de una aeronave, pero dejo los detalles en la sombra. Los robots se lo llevan, porque consideran que es Cibernius, el dios que los había hecho: para ellos es exactamente igual: tiene dos ojos, dos brazos... El lenguaje de Cibernius -como termino llamando al personaje- resulta ser bastante incomprensible para los robots. Le preguntan a cada rato qué está diciendo, qué significa lo que dice. Cibernius responde: “Lo que pasa que el que los fabricó a ustedes no les enseñó el lenguaje de aquellos que se parecen a mí”. Niega ser Cibernius, pero no le creen. Al cabo, comienza a desintegrarse este mundo de robots, y el Gran Robot ordena al hombre: “¡Nuestro mundo se está desintegrando, usted debe recomponerlo!”. Cibernius dice que no puede, que ellos tienen la técnica y pueden reparar los desperfectos. El Gran Robot ordena ponerlo en una mesa antropomórfica, con forma de hombre: lo atan, lo inmovilizan y le dicen: “Si no nos das la fórmula para evitar la desintegración de este mundo de robots, vamos a hacer algo que no te va a gustar, vamos a ir directamente a tu alma”. Él responde: “¿Ustedes saben lo que es el alma?”. “Es la pieza principal que pone en movimiento a los seres, y si no parás esta destrucción te vamos a arrancar el alma”. Conferencian entre ellos y uno pregunta dónde está esa pieza, como pueden llegar a ella; otro robot responde: “A través de los ojos”. Traen un soplete para cumplir la tarea. Cuando le están acercando el soplete Cibernius grita que ahí no está el alma, que lo van a dejar ciego. Un robot responde que su creador había dicho que el alma comenzaba por los ojos. Se arma un barullo en ese mundo, y finalmente el hombre prefiere morir antes que dar la fórmula para reinstaurar el mundo de robots. Es decir, el hombre no se quiso comprometer con un mundo de robots. La obra nunca se publicó. La pasaron por Radio Nacional y todas sus radios dependientes cincuenta veces, en forma de radioteatro, porque en aquella época era una novedad.

En cuanto a la prosa, el puntapié inicial corresponde a Historias de monstruos (1969), donde aparece la huella de esta combinación de mis intereses: la extrapolación de la ciencia, por un lado, y los crímenes bizarros, por otro. Es una especie de compendio de tópicos clásicos de la ciencia ficción: el viaje en el tiempo, la vida extraterrestre, el tratamiento paródico de la mitología, los viajes espaciales, las civilizaciones perdidas y el destino futuro del hombre. El libro lleva un prólogo de Leopoldo Marechal, que me llama “zoólogo de la monstruosidad”.

C.A.: ¿Fue amigo de Leopoldo Marechal?

J.J.B.: Yo era muy amigo de Marechal, los miércoles siempre iba a su casa junto a otros jóvenes, entre los que recuerdo a Abelardo Castillo. En total éramos cuatro o cinco. Era un poco nuestro maestro. Discutíamos diversos temas, como el argumento del Adán Buenosayres, cuestiones filosóficas, etcétera. Hasta ese entonces, Marechal sólo había escrito en el terreno fantástico dos apólogos chinos. Yo hablaba mucho sobre robots en esas reuniones, y también sobre Bradbury y Asimov, y eso lo inspiró para componer El poema de Robot, publicado en 1966. En ese libro él adhiere a la ciencia ficción, pero no tenía conocimiento de las historias que, como en el caso de la Epopeya de Gilgamesh, pueden ser consideradas sus precedentes. Recuerdo que le regalé un ejemplar mecanografiado de mi obra Los robots. Como solía hablarle de la ciencia ficción, del cambio de la dimensión humana por el contacto del hombre con la ciencia, apreció las potencialidades del género y escribió dos cuentos, uno de ellos titulado “El beatle final”. Los publicó en el diario Clarín, en los años sesenta.

También convencí a Marechal para que escribiera un cuento de espionaje, que apareció en mi antología Cuentos con espías (1966). Se llama “Narración con espía obligado”, porque le insistí muchísimo que hiciera un texto de esta clase.

C.A.: Sus otros libros de ciencia ficción son Fórmula al antimundo y El día cero.

J.J.B.: En esos libros los prólogos son auténticos manifiestos. En el de Fórmula al antimundo expongo que las tres temáticas definitorias de la ciencia ficción son las máquinas del tiempo, la pluralidad de los mundos habitados y la destrucción masiva de la humanidad. Los relatos del libro, por su parte, agregan lo paranormal y la creación de vida artificial. Mi relato favorito de ese libro es “Los omicritas y el hombre pez”. En el prólogo de El día cero explico que en la literatura fantástica la naturaleza pierde sus atributos, éstos se desdibujan, y en la ciencia ficción se multiplican y se reestructuran a través de una conciencia sobre el cambio. A partir de esta premisa, traté de dar vida a la literatura fantástica usando recursos propios de la ciencia ficción. Porque nunca quise hacer ciencia ficción desde el punto de vista del mecanismo, de la tecnología: siempre quise poner al hombre en el centro de todo.Los relatos están divididos en tres secciones: “La eternidad”, “Los mundos simultáneos” y “El gran ignorante”. Sus temas son el Golem, los sueños, el fin del mundo, la posibilidad de una hibridación entre el pez y el hombre, la vida en la Luna, la magia, y el antiguo tema del último hombre sobre la Tierra.

Un texto posterior es El endemoniado señor Rosetti, que está más cerca del género de horror. Se trata de una versión criolla de la leyenda del hombre lobo. Yo aparezco como personaje, bajo la forma de un criminólogo llamado Bajarlía-Lynch.

C.A.: Además de su obra en formato de libro, usted ha cultivado el periodismo, por lo común bajo seudónimo.

J.J.B.: Yo trabajé para Clarín, y tenía diez seudónimos, según la materia. Uno era John Batharly. Una vez hice una nota comentando un libro para Enrique Alonso, el jefe del suplemento literario. Firmé mi artículo como Edmundo De Valle, pero dentro del artículo yo adjudicaba a John Batharly una serie de descubrimientos propios de la ciencia ficción. El comentario del libro quedó corto al lado de John Batharly. A Batharly lo utilizaba para las cosas más difíciles o fantásticas. He visto luego artículos que mencionaban a John Batharly como si realmente existiera. Lo dejé porque algunos lectores se daban cuenta que era yo. Ahora adjudico citas al Barciliensis, un personaje fantástico del siglo XVII que tiene la misma capacidad mental que Batharly. Otros seudónimos míos eran: J. Díaz Albatros, Edmundo de Valle y Eduardo J. Lynch. La causa era evitar una disputa de egos, porque si uno firmaba con su propio nombre, los otros redactores protestaban.

Entré en Clarín a los 28 años. Preparé decenas de suplementos: sobre Joyce y el cincuentenario del Ulises, sobre la ciencia ficción, sobre el cuento fantástico. Hasta 1996 colaboré allí. Cuando era profesor de la Escuela de Periodismo tenía como alumnos a Ernestina Herrera de Noble y a Alejandra Pizarnik. Yo daba clases sobre literatura de vanguardia, lo que no se hacía en otros establecimientos de enseñanza. Les hablaba del dadaísmo, del surrealismo. El rector era Luis María Albamonte, más conocido como Américo Barrios, que también escribió ciencia ficción en Diez enigmas con una rosa (1978) y El último hombre de la Tierra (1979).

C.A.: ¿Encuentra temas recurrentes en su obra?

J.J.B.: Los temas referidos a la destrucción, a la muerte del individuo, como en el caso de la leyenda de Gilgamesh, que tanto me marcó. Las leyendas me interesan, para crearles nuevas variantes. En materia cuentística es difícil encontrar originalidad. Siempre han inventado algo antes que uno. Mis cuentos son muy apocalípticos. Quizá toda mi literatura, de cualquier género que sea, está referida a la muerte.

En cuanto a lo estilístico, diría que siempre traté de evadirme de la escritura tradicional. Siempre tuve mucho contacto con las escuelas de vanguardia. Eso se nota en toda mi obra, pero creo que especialmente en la poesía.

C.A.: ¿Cuáles son sus proyectos actuales, dentro o fuera de la ciencia ficción?

J.J.B.: Tengo mucho material inédito. Entre mis libros a ser publicados próximamente figura Antonio Di Benedetto: diario de una agonía, que aparecerá en Corregidor. Mi familia era muy íntima de la de Di Benedetto: cuando íbamos de vacaciones a Mendoza nos alojábamos en su casa. Cuando el Proceso lo encarceló, Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges y otros escritores, entre los que me contaba, enviábamos cartas a los diarios solicitando su liberación. Pero no sabíamos dónde se encontraba. Un día, un hombre me trae un papelito muy sucio. Era una carta de Di Benedetto, dirigida a Vulcano Sabalía, uno de mis seudónimos. Lo que ocurrió fue lo siguiente: cuando en los presidios liberaban un preso político, lo desnudaban y revisaban para evitar que llevara información o correspondencia. Di Benedetto le pide a un recluso a punto de ser liberado que lleve una carta a un amigo abogado, de nombre Juan Jacobo Bajarlía. El recluso escondió la carta en su ano y pudo sortear la revisación. De esta manera, conseguí saber dónde estaba preso y pude ayudar a liberarlo. Se le permitió optar por el exilio y vivió varios años fuera del país. Pero era un hombre destruido. El largo encarcelamiento y las torturas lo habían hecho envejecer mucho. Murió algunos años después. Di Benedetto había escrito un cuento de ciencia ficción, “El llamador”, que apareció en Clarín.

También tengo una novela titulada Nuestra señora de los basurales; otra titulada La rebelión del Golem; un libro de cuentos fantásticos, Te conozco, Satanás (aunque quizá lo llame La gangrena de Satanás), donde el diablo interviene en la vida corriente de los individuos; un volumen de investigación, llamado El libro de los plagios, y otros cinco libros que entregué a distintos editores.

 

BIBLIOGRAFÍA :

 

A)- Narrativa.

  • Historias de monstruos . Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1969.
  • Fórmula al antimundo . Buenos Aires, Galerna, 1970.
  • El día cero . Buenos Aires, Emecé, 1972.
  • Vudú, secta asesina . México D.F., Editorial Universo, 1972. (Segunda edición, como Los números de la muerte. Buenos Aires, Acme, 1980).
  • El endemoniado Sr. Rosetti . Buenos Aires, Emecé, 1974. (Segunda edición, como Hombre lobo: El endemoniado señor Rosetti. México D.F., Editorial Universo, 1980).
  • Sables, historias y crímenes . Buenos Aires, Bruguera, 1983.
  • Historias secretas de putas, musas y otras damas . Buenos Aires, Almagesto, 1996.
  • Breve diccionario del erotismo y Cancionero satírico. Buenos Aires, Almagesto, 1997.

B)- Antologías.

  • Cuentos de crimen y misterio . Buenos Aires, Editorial Jorge Álvarez, 1964.
  • Crónicas con espías . Buenos Aires, Editorial Jorge Álvarez, 1966.
  • Cuentos extraños . Buenos Aires, La Tabla de Esmeralda, 1976.
  • El fin de los tiempos . Buenos Aires, Gentesur, 1990.
  • Historias de horror y misterio . Buenos Aires, Almagesto, 1998.

C)- Traducciones.

 

  • Sade, Marqués de; El conde de Oxtiern. Buenos Aires, Editores Dos, 1998.
  • Aretino, Pietro; Sonetos lujuriosos. Buenos Aires, Almagesto, 1999.

D)- Teatro.

  • La esfinge . Representada en el teatro Mariano Moreno, 1955.
  • Los robots . Representada en el teatro Los Andes (1963) y en Radio Nacional, 1955.
  • Pierrot . Representada en un teatro no identificado de La Plata, 1956.
  • Las troyanas . Representada en el teatro De la Reconquista, 1956.
  • Monteagudo . Representada en Radio Nacional, 1962. Publicada por Editorial Talía (Buenos Aires, 1962).
  • La confesión de Finnegan , en: VV.AA.; Teatro de una voz. Buenos Aires, Cuadernos del Siroco, 1962.
  • La billetera del Diablo . Representada en el teatro LyF, 1969.
  • Telésfora . Representada en Radio Nacional, 1972.

E)- Poesía.

  • Sonetos de amor y llanto . Buenos Aires, Tor, 1936.
  • Estereopoemas . Buenos Aires, Los Tres Vientos, 1950.
  • La gorgona . Buenos Aires, Ollantay, 1953.
  • Canto a la destrucción . Buenos Aires, Puma, 1968.
  • Nuevos límites del infierno . Buenos Aires, Master-Fer, 1972.
  • El poeta y el exilio . Buenos Aires, Ocruxaves-Filofalsía, 1990.
  • Poema de la creación . Madrid, Grupo Cero, 1996.

F)- Ensayo y biografía.

  • Literatura de vanguardia . Buenos Aires, Araujo, 1946.
  • Notas sobre el barroco: Undurraga y la poesía chilena. Gongorismo y surrealismo . Buenos Aires, Santiago Rueda, 1950.
  • El vanguardismo poético en América y España . Buenos Aires, Abeledo Perrot, 1957.
  • Sadismo y masoquismo en la conducta criminal . Buenos Aires, Abeledo Perrot, 1959.
  • La polémica Reverdy-Huidobro / El origen del ultraísmo . Buenos Aires, Devenir, 1964.
  • Existencialismo y abstracción de César Vallejo . Córdoba, Aula Vallejo, 1967, 3 volúmenes.
  • Drácula, el vampirismo y Bram Stoker . Buenos Aires, Almagesto, 1992.
  • Fijman, poeta entre dos vidas . Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1992.
  • H. P. Lovecraft: El horror sobrenatural . Buenos Aires, Almagesto, 1997.
  • Alejandra Pizarnik. Anatomía de un recuerdo . Buenos Aires, Almagesto, 1998.

 

Nota del Entrevistador: En realidad, las primeras obras teatrales de ciencia ficción de la literatura argentina son: Los autómatas (1897) de Rafael Barreda y El ojo del sabio (1899) de Juan Carlos Gell. Sobre esta última puede consultarse la reseña “El ojo del sabio: un estreno brillante”, aparecida en el diario La Nación del 31 de diciembre de 1899. Gell publicó posteriormente una versión prosificada de esa obra en el libro Dos cuentos (Buenos Aires, Arnoldo Moen, 1918), que contiene también el relato “El cachorro de un superhombre”.

Nota del Entrevistador : “El beatle final” transcurre en el siglo XXIII en Megalópolis, ciudad cuyo perímetro, el Gran Octógono, evoca el de la Capital Federal. Es decir, se trata de un símbolo de la Buenos Aires futura. Los ciudadanos estiman que a su proyecto urbano “...le falta un Homero”, un poeta que le dé nombre y expresión. Entonces los ingenieros (los mismos que aparecen en El poema de Robot) fabrican un poeta electrónico inspirado en la figura de Ringo Starr. Esta estatua gigante termina destrozada por una bomba atómica. El relato pretende ser una defensa de la palabra creadora en una civilización tecnolátrica.

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