Semblanza de un vanguardista
Juan-Jacobo Bajarlía,
con libertad, sin caos

 Charla ofrecida por Pedro A. Leguizamón en la Biblioteca

Juventud Moderna, de Mar del Plata, en un acto organizado
por la Fundación de Poetas, el 28 de junio de 2002.

 Juan-Jacobo Bajarlía es un elegido cuya presencia trasciende el marco de su propia generación y se enlaza con distintas edades en múltiples materias. Es además una persona que muestra total correspondencia entre sus ideas y sus trabajos, que son y siempre han sido muy diversos, como que abarcan el periodismo, la docencia, la abogacía y la literatura, la historia y el mundo paranormal. En la materia que nos une hoy, la poesía, Bajarlía ha dicho y ha hecho cosas notables. Podemos decir que se le tiene que reconocer un aporte muy significativo en cuanto a creación y en cuanto a mensaje, y que desde siempre tuvo actitudes de apoyo a las ideas jóvenes, dejando claro, en todos los casos, que por encima de escuelas o corrientes, de nombres o de cenáculos, de consolidaciones o de renovaciones, está, si de arte se habla, la búsqueda de la perfección como meta primera. Por eso, si alguien a quien ama le acerca un poema, Juan-Jacobo le puede decir, con la misma sinceridad y la misma naturalidad, «me gusta», o «es una cag...». En el primer caso, el poeta está siendo animado a persistir en la línea, en el segundo, le conviene revisar el escrito porque en una de esas Bajarlía tiene razón y es el momento de cambiar algo.

Si tuviéramos que caracterizar a Bajarlía, diríamos que es un intelectual de fuste, versado en todo lo que trata, y que profesa una fidelidad inconmovible por la búsqueda desprejuiciada de la verdad, por el hallazgo de la belleza y por el sostenimiento de los afectos, entre ellos la amistad. El, el periodista de nota, el profesor, el abogado que ha sabido hasta arriesgar el pellejo –literalmente hablando, como cuando salió a defender de la dictadura última al escritor y periodista Antonio Di Benedetto–, el literato laureado en los más relevantes concursos, el jurado requerido por las instituciones literarias más importantes, el sobreviviente de la épica generación que hace más de medio siglo puso en marcha al vanguardismo en la Argentina aglutinando a poetas músicos y artistas plásticos, el dominador de virtualmente todos los temas de la cultura, el conocedor de los secretos de la criminalística universal, el buceador de los hechos más polémicos de la historia, quiere ser uno más en cualquier rueda, y aunque naturalmente sobresaldrá cuando aparezcan sus temas predilectos –que son muchos_es, llamativamente, un hombre que sabe escuchar, como sabe leer, que no solamente abre sus oídos para captar todo lo que le diga un tango, sino que hasta es capaz de ofrecer letra para una canción.

En Londres, donde han industrializado turísticamente las andanzas de Jack el Destripador, dicen que hay en Buenos Aires un loco que alimenta la teoría de que el múltiple asesino era argentino.

–Ese loco soy yo–, admite con una complacida sonrisa Bajarlía, que en cualquier reunión pasa a detallar sus indagaciones, sus suposiciones y el seguimiento de los pasos de cierto misterioso personaje porteño, para terminar convenciendo a quien lo escucha que sí, que el famoso Jack bien podría ser un profesional argentino, andariego y amigo de jugar en la Bolsa, y que en todo caso esa hipótesis no es más indemostrable que las otras que tejen los ingleses.

Creo que podemos estar durante horas contando sus mil anécdotas, sus desplantes muchas veces quijotescos, contando su vocación insaciable por descubrir la verdad y defender principios, su generosidad sin límites para compartir conocimientos, su disposición inveterada para apoyar las iniciativas de los jóvenes, su cuidadoso ejercicio de la literatura en todas sus formas, su ética inclaudicable, su sentido del humor (tanto fino cuanto desopilante), su inclinación a ser amigo, muy buen amigo, con capacidad para dar un apoyo decisivo, poner la mano en un hombro, alentar un trabajo literario, señalar un camino, compartir largas tertulias o juntar leña en el monte cuando se trata de hacer un asado. Pero que nadie se llame a engaño ni aliente expectativas que puedan terminar en frustraciones: él siempre será amigo del poeta, pero más amigo de la poesía.

Y todo lo hace sin pose, sin rebuscamiento, con sinceridad. Recuerdo siempre la forma en que nos encontramos. A principios de los años ´60, yo me había replanteado, en soledad, la búsqueda de un lenguaje poético basado principalmente en la imagen, dejando la metáfora para casos mínimos. Cerca de veinte años más tarde, Bajarlía encontró un poema mío y lo hizo publicar en "Clarín". Después se tomó el trabajo de ubicarme. Me escribió una carta, me envió traducciones que había hecho sobre Henry Michaux y me propuso una entrevista. Cuando vino a Mar del Plata, su presentación fue ésta:

Encantado. Pero antes quiero aclarar dos cosas: primero, que nos tratemos de che; segundo, que no es lo mismo imagen que matáfora.

Lo que siguió, fue una charla, en un bar, hasta las 5 de la mañana. No tomo esto como una distinción, sino que lo expongo como una muestra, porque Bajarlía es así con todos. En todos los casos junta la amistad con la literatura. Por eso no es extraño que reciba reconocimientos y adhesiones como esta convocatoria originada en la Fundación de Poetas, dirigida por René Villar.

Creo (lo he escrito en otra oportunidad en una hojas que nuestro amigo guarda) que Bajarlía tiene la conciencia de que vive en un universo divino y absoluto de donde le vienen las luces y las cruces. Porque desde su juventud, lo reiteramos, actúa como un juramentado al servicio de la verdad y de la belleza, y ante el altar de ambas ha ofrendado un largo inventario de sacrificios. Una vez perdió un empleo en la redacción de un diario que hoy sigue siendo de primera línea, porque se negó a subalternizar críticas de arte. Todavía recuerda con una sonrisa ese libro que él publicó en su juventud y que le valió que le cerraran virtualmente de por vida, las puertas de otro importante medio de comunicación, que continúa siendo gravitante. Pero la cruz es parte del peso del camino y su contrapeso ha sido una larga y fructífera siembra, merecedora de gratitud.

Sin hablar de ensayo, de historia, de novela, de cuento, de obras de teatro, de periodismo, con solamente aludir a sus relaciones con la poesía tendríamos para hablar durante horas. De todos modos, una personalidad inabarcable como la de Juan-Jacobo permite que al menos se intente mostrarla a través de señales, como hace el propio poeta cuando presenta imágenes de la esencia infinita e inapresable, cuando alcanza a mostrar reflejos y vibraciones de lo que brilla y lo que no varía. En este caso, estamos procurando exhibir rasgos ponderables para conformar una suerte de breve homenaje, como si estuviéramos diciéndole lo que en en el fondo le queremos decir: Bajarlía, apreciamos tu vastedad y tu rigor intelectual, y te queremos, y te decimos, aunque sea fragmentariamente, por qué.

 Vanguardia para abrir horizontes

Una de las capacidades exhibidas por Bajarlía a lo largo de su vida, es la de abrir horizontes. Abrirlos para él y para los que quieran acompañarlo. Todos los aquí presentes sabemos bien quién este hombre, respetado entre los más respetados intelectuales argentinos, que a veces se nos muestra como un sabio múltiple y confiable, versado en letras y artes, erudito en historia, eficaz en la dramaturgia, sorprendente en sus investigaciones, experto al momento de hablar o escribir de Drácula o de lobisones o de discurrir sobre la Divina Comedia o sobre la picaresca; sagaz en sus lucubraciones criminalísticas, incansable en sus sondeos por los laberintos del alma humana e incontenible en el afán de comunicar sus conocimientos; este Bajarlía que en ocasiones, en muchas ocasiones, desde siempre, funciona como ángel protector de jóvenes promesas literarias, como defensor de causas difíciles, como reivindicador de destinos marginales; o se nos aparece como un viejo diablo, contestatario y escatológico; este Juan-Jacobo que puede decir, como pocos, «nada de lo humano me es ajeno», y que siempre tiene, con su aliento permanente y su crítica justa, una exhortación a volar más alto, a buscar más allá del horizonte. Y además, buscar desde el conocimiento, no desde la ignorancia ni desde el miedo ni desde la presión de los demás.

Hace pocos años, el grupo de jóvenes marplatenses que consumó la singular gesta náutica de cruzar el océano en balsa, acuñó una frase memorable: «Lo que el hombre quiere el hombre puede». Bajarlía nos viene diciendo eso mismo, con otras palabras y con otras actitudes. Se puede llegar al nivel de Dante, de Miguel Angel, de Cervantes, de Beethoven. De hecho, Dante, Miguel Angel, Cervantes y Beethoven lo demostraron. Pero para eso, o al menos para considerarlo como una meta ideal e intentar aunque se muera en el intento, hay que salir de la sombra del pasado, como lo hicieron ellos. Esa me parece que pudo ser una de las razones movilizantes de la vanguardia de los años `40, que tuvo a Bajarlía como a uno de sus impulsores. Una vez le pregunté cómo era que condenaba las tradiciones y ponderaba el Quijote, la Divina Comedia o el Gilgamesh. De las explicaciones que me dio, me quedó claro que lo que puede molestar es la conjunción del pasado inmediato y el entorno contemoporáneo que _y perdón por la metáfora_ al actuar como un bosque cerrado aunque pequeño, nos impide ver más atrás y más adelante. Si salimos de la tutela de la tradición inmediata y del presente opresor, tendremos la libertad para tender hacia adelante el paso creador y, mirando hacia atrás, podremos evaluar con criterios propios las grandezas que han producido los hacedores de antes. Si nos aplicamos un poco más, nuestros conocimientos y nuestra libertad nos permitirán también apreciar generosamente las creaciones contemporáneas y afirmar la autocrítica imprescindible.

Considero oportuno remarcar en este ámbito la postura vanguardista, de la que Bajarlía fue un abanderado y sigue siendo un vocero. Bajarlía es un sostenedor de la creación y a la vez de la estructuración (o composición) en una obra de arte. Lo cual lleva a concluir que si se inventa, o se crea, hay que partir de la nada, hay que librarse de todo lo que nos ha hecho llegar hasta ese momento.

Un pequeño libro publicado por Bajarlía en 1957 (Edit. Parrot, colec. Nuevo Mundo), «El vanguardismo poético en América y España», nos plantea:

«Si la poesía es poesía, si ella tiene vida propia y no se circunscribe a un juicio sobre la vida, en cuyo caso estaría invadiendo una expresión extrapoética, ¿qué diremos entonces cuando el poeta da de lado con la imagen, el elemento apremiante, más indispensable y genuino de la poesía?»

Y luego nos dice:

«Mas no basta con la imagen sola. O en iguales términos: no basta la imagen conceptual o el concepto poético inventado con exclusión de toda referencia o juicio sobre objetos dados por la naturaleza. Es imprescindible que las imágenes estén estructuradas de tal manera en el poema, que sean independientes por sí mismas sin dejar de vincularse con su totalidad. (...)... las leyes de su organización son variables y están condicionadas a ese principio de autonomía que lleva al poeta a la creación constante de nuevas imágenes y nuevas estructuras.

«No hay situaciones contadas, finitas, como cuando se recurre a la descripción de lo preexistente o puesto por la naturaleza. Y al no haber limitaciones, queda eliminada toda posibilidad de subordinación a lo real extrapoético y a su ineludible consecuencia simbólica.

«La poesía es una realidad con su realidad propia».

También deja algunas conclusiones que él mismo llama «polémicas»:

·         El modernismo en España y Latinoamérica es obra de poetas latinoamericanos.

·         El vanguardismo en España y América también es obra de poetas latinaomericanos.

·         Poesía sin imágenes vivencias inventadase imágenes sin estructura

organización invertida dan solamente poestría.

 

Bajarlía ubica al chileno Vicente Huidrobro como autor de la apertura hacia la invención, y cita unos versos del mencionado creador: «Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas! / Hacedla florecer en el poema».

De lo que estamos comentando, surgen algunas reflexiones. Por ejemplo, que no todo lo que surge en la Argentina tiene que ser malo. Que la creación poética no es ni más ni menos que un acto de creación, es decir, formar algo a partir de la nada. En otros términos, que cada obra debe ser una novedad, aunque vaya por algún molde conocido. Lo importante es, si no entiendo mal, que un poema aparezca como una realidad absolutamente distinta, habida cuenta de que la copia no es arte sino que podrá ser a lo sumo artesanía, como las reproducciones de la Venus de Milo. Yo tengo que tener ante mí un poema que sea una pieza única.

Otra idea que aporta Bajarlía desde el vanguardismo es la de que el poema debe estar contenido en una estructura, lo cual elimina la aceptación del caos. En esto hay una llamativa coincidencia con el sabio Albert Einstein, quien sostenía que las novedades que se incorporen deben contribuir a la armonía del universo.

Pero hay una coincidencia todavía más llamativa con un genio de la música que vivió hace más de dos siglos: Juan Sebastián Bach. No sé si la coincidencia es con el pensamiento de Bach, pero sí es con el concepto capital de la obra del músico. Me refiero a la afirmación de Bajarlía de que es imprescindible que las imágenes estén estructuradas de tal manera en el poema, que sean independientes por sí mismas sin dejar de vincularse con su totalidad. Bach creaba melodías y las desarrollaba y combinaba de manera tal que todas ellas tenían vida propia y además armonizaban entre sí, y no sólo en la línea melódica, sino en la complejidad de la polifonía. Me explico: Si uno toma una composición de Bach, advertirá que no se trata de una melodía con acompañamiento, sino que cada una de las cuerdas, desde el soprano al bajo, o desde el violín al contrabajo, tiene una partitura con la que se puede hacer una canción. No hay una subordinación al tema, no hay un sistema dictatorial ante el cual se sacrifican todas las notas, sino una armónica convivencia de individualidades, como debería ser, se me ocurre, una sociedad civilizada. «Parece que estuvieran conversando varias personas», dijo una vez una señora totalmente desconocedora de la música, cuando escuchaba una composición de Bach.

Es decir: se parte de la libertad, se crea, se estructura. ¿Valen las leyes o normas de la preceptiva? ¿Vale la crítica? Según Thomas Elliot, lo que se toma como norma, preceptiva, está constituido en realidad por hallazgos de grandes creadores, por invenciones, como el soneto, la décima, el endecasílabo, la redondilla. Aquí entramos en un terreno ontológico que no podemos ponernos a considerar en este instante, y que plantea, nada menos, si hay creación en la labor artística, o si el artista más dotado solamente descubre realidades sorprendentes, pero preexistentes en algún plano remoto al que sólo llegan los elegidos. Pienso que es fundamental la libertad, tanto como la individualidad y la estructuración, tanto en la vida como en el arte. Así lo entendió Octavio Paz que una y otra vez sostuvo que el intelectual, y el artista, naturalmente, debe mantenerse libre de toda tutela social, política o religiosa, porque su vuelo está por encima de toda limitación y en última instancia porque las fuerzas de cada sector político, social o religioso, van a tratar de condicionar ese vuelo y no siempre esos condicionamientos tienen que ver con la verdad o con la belleza o con el bien.

En la década del' 60, el escritor norteamericano Henry Miller decía a través de uno de los personajes de «Nexus, la crucifixión rosada» (Edit. Rueda, 1969, pág. 227): «¿Y quién, pregunto, si no un maestro de la realidad, podía imaginar que el primer paso en el mundo de la creación debe ir acompañado con un eructo fuerte y maloliente, como si se experimentase por primera vez el significado del cañoneo con granadas? ¡Siempre adelante! Los generales de la literatura duermen profundamente en sus cómodas literas. Nosotros, los peludos, somos lo que luchamos. De la trinchera que tiene que ser tomada no hay regreso».

Estas expresiones de Henry Miller seguramente le habrán hecho sonreír socarronamente a Bajarlía, porque más de dos décadas antes él mismo había usado un tono parecido cuando participaba en la cruzada vanguardista y condenaba emblemáticamente al «sonetortismo».

Tres años después de la aparición del «Nexus» de Henry Miller, Bajarlía publicó un libro de poemas, «Nuevos límites del infierno» (Ediciones Master Fer, 1972), en cuya página liminar declaraba: «Sigo sosteniendo que no hay poesía sin imagen y que no hay imagen sin invención. Sigo pensando que la analogía está desterrada de un mundo en que el principio de indeterminación (y no el de causalidad) es el que rige la física atómica y las relaciones mortales del hombre. Es posible que esté equivocado. Pero quiero estar lejos de toda estructura del pasado, ya en desintegración. No amo al hombre sabio. Me comnueve la investigación, que es otra forma de poesía».

Bajarlía sigue hoy condenando la «sonetorta», aunque queda claro que lo que se vituperaba era el abuso del soneto, la costumbre del soneto, habida cuenta de que la repetición es enemiga mortal del arte, porque el arte es invención, es creación y cada pieza artística algo único. «El soneto debería usarse solamente para algún tema religioso, también para la picaresca, y en el lunfardo no queda mal», nos ha dicho últimamente, y ha llegado a ponderar ciertos sonetos. Pero, con esas salvedades, es irreductible en descalificar a los sonetortistas.

Hace poco más de un año, en un diálogo que algunos de ustedes tal vez hayan leído, Bajarlía me comentó:

«El vanguardismo, diríamos, criollo, que fue el más auténtico y yo dría el más importante de Latinoamérica, comenzó en 1944, en la revista «Arturo». Cuando se lanza «Arturo», entre cuyos redactores estaban Gyula Kosice, Arden Quin, Edgard Bayley y algún otro, ya se habían planteado todos los problemas fundamentales dentro de lo que podía ser una reversión de los modos tradicionales de hacer, en pintura y en poesía. Los que formábamos parte en aquella época del movimiento de Arte Concreto-Invención, en el que también estaba Tomás Maldonado, estábamos muy al tanto de las vanguardias europeas.Nosotros sabíamos que en 1924, cuando Andrè Bretton publicó el primer manifiesto y exageradamente decía allí que por escritura automática podíamos realizar grandes obras, es decir que los creadores debían someterse a la escritura automática sin control de la razón, había ciertos fundamentos teóricos en el mismo manifiesto, de donde surgía una cosa muy importante: la repulsa contra la metáfora. Es decir, la repulsa contra todo lo que fuera una comparación, para ser sustituido todo esto por la imagen, es decir por una estructura tropológica en la que la reunión de palabras antitéticas en poesía nos dieran la imagen. En el mismo manifiesto, paralelamente había una avanzada respecto de lo que debía ser la pintura: si la pintura debía ser automática, entonces el pintor trasladaba esa significación a las cosas abstractas, y comenzaba a estructurar zonas cromáticas que se oponían en sus valores de intensidad. Es decir, se abandonó el descriptivismo. O sea que en ese primer manifiesto, dentro de las falencias que puede tener, había ciertos conceptos que fueron el fundamento de toda una época que fue revolucionaria no tanto en Europa, sino de este lado del Atlántico, y entre nosotros, que estábamos al tanto de todo eso, influyó en el sentido de que teníamos que reaccionar contra todo lo tradicional, para transformar esa tradición en algo más inventivo. En otras palabras, el problema residía en la invención y no en la descripción».

–¿Un arte más espontáneo y menos razonado?–, le pregunté.

–Claro– me respondió–. Tratando de evitar lo que para nosotros estaba muy gastado de tanto que se lo había reiterado».

–¿Sintieron ustedes el peligro de que por algún resquicio del movimiento pudiera colarse alguna bandera del romanticismo –, fue otra pregunta. Que tuvo esta respuesta:

–No. Para nada. En la medida en que cada uno de nosotros obraba independientemente en contra de lo descriptivo y de los elementos que pudiera suministrar la naturaleza, éramos en cierta medida antirrománticos. Podíamos ser románticos en el sentido de la individualidad de cada uno, pero en el sentido de la creación estábamos en el polo opuesto de lo romántico, porque los románticos amaban la naturaleza, amaban el espíritu. Para nosotros, al espíritu había que dejarlo a un lado, y por otra parte no concebíamos que un poeta pudiera realizar su creación a base de lloriqueos, a base de argumentos tristes. Desde ese punto de vista no éramos románticos. Pero desde el punto de vista de la individualidad, a la autonomía de cada uno de nosotros frente a todos los demás, sí éramos románticos.

También me dijo: «Para nosotros, el arte en general, y en particular la poesía, era un mundo que no le debía absolutamente nada a la filosofía ni a ninguna otra disciplina. El arte de vanguardia era a-filosófico, a-religioso; no era ateo ni era anti nada, sino que era prescindente de toda conexión con todas estas instancias, con la filosofía, la religión, la ética... Considerábamos que el arte no tiene ética, no tiene religión, es autónomo con respecto a todas las otras disciplinas».

Mi impresión de que una de las lecciones que nos da Bajarlía es la de buscar lo nuevo pero conociendo lo viejo, al menos para evitar caminos que ya han sido recorridos, se refirmó cuando me dijo que ellos, los vanguardistas, leían, sí, a los pensadores que desde los albores de la filosofía se venían ocupando del arte, y que los discutían, pero que fundamentalmente "los aprovechábamos porque nos ayudaban a entender mejor las cosas del arte, a organizar nuestras ideas, pero no aceptábamos de ninguna manera subordinar el arte a la filosofía, por ejemplo". Y añadió. "Siempre revindicamos la independencia, la autonomía del arte. Hay un episodio interesante. Cuando defendíamos a Joyce, decíamos que al escribir «El artista adolescente» basándose en Santo Tomás de Aquino, en realidad lo que hacía era condicionar la filosofía de Tomás de Aquino a lo que él pretendía realizar, y no al revés".

El costado sentimental

Estos son algunos de los rasgos de la personalidad de nuestro amigo Juan-Jacobo, al que le debemos reconocer, junto al afán desaforado por conocer todo, por experimentar y por comunicar, una fuerte dosis de pasión adornada con una singular pureza de sentimientos. Nadie puede dejar de atender la delicadeza con que, en sus conversaciones y en libro sobre el que blanqueó la situación, abordó su relaciónn con Alejandra Pizarnik. Y a la vez, para no extenderme, por ejemplo, en un muestrario de apasionados artículos sobre grandes crímenes de la historia, que leemos con fruición, recomiendo la lectura de su obra «Fijman, poeta entre dos vidas» (Ediciones de la Flor, 1992), una vívida biografía ejemplar.

¿Cómo evitar la emoción al leer estas deliciosas y conmovedoras líneas? (páginaas 5 y 6):

«Me acerqué a Fijman y le di la mano. Ni mencioné su nombre ni él mencionó el suyo. Nos reconocimos como si fuéramos amigos desde siempre o como si hubiésemos estado alguna vez en la Torre de Babel. Lo invité a salir y nos metimos en un bar de la calle Bolívar. (...) "Es la hora justa", me dijo. "La hora en que los ángeles se alimentan de luz en la Vía Láctea".

«Las gotas seguían insinuándose en su enrojecida nariz. Pero sus bolsillos estaban llenos de papeles azules. Le ofrecí mi pañuelo y lo rechazó como lo hubiera hecho Diógenes ante la generosidad de Alejandro. Quise responder, pero me paró en seco. Me habló del tiempo y la poesía. Del tiempo que se mide y de la noche que se corta como una tajada para que salga elalba. Me habló de la noche oscura en la qe el ser se halla con su propia luz y la poesía que guía en las tinieblas para iluminar la palabra. Cuando le mencioné a San Juan de la Cruz, me respondió: "He sido siempre su amigo".

«Antes de despedirnos le di mi tarjeta. El a su vez me obsequió el papel plegado, un poema con letra dibujada (...) escrito en el hospicio.

«Lo vi alejarse hacia el sur. Su cuerpo era una sombra luminosa que barría las sombras sangrantes del crepúsculo».

En el orden conceptual, definió así a Fijman:

«Su ser se desplegó así entre dos vidas que se extinguían mutuamente para rehacerse en otras instancias. Sólo fue coherente en su poesía, allí donde las tinieblas y la realidad dejan de combatirse. Escribir sobre esa dispersión, sobre esa rigurosa atiopicidad, equivalía a la búsqueda de una imagen virtual más allá del significante».

Para ir redondeando estos pantallazos, viene al caso un prólogo de Helena García de la Mata para una de las tantas obras de teatro de Bajarlía, «Monteagudo» (Torres Agüero, 1992), que recoge una escueta autobiografía del escritor y pensador que nos convoca: «Quise ser médico y fui abogado. Me metí en la Crimonología. Dejé pasar turnos de exámenes por leer el Juan Cristóbal o Los Miserables. Después me atrapó la Divina Comedia y odié los títulos universitarios. Polemicé. Perdí posiciones por decir lo que pienso. Lo seguiré haciendo. Nací un 5 de octubre, el día del camino. Aún busco la puerta de ese camino que conduce a la poesía». Y es precisamente en Moneteagudo donde dice, a través del personaje recreado: «¡Nunca moriré! ¡La libertad nunca morirá!».

No está de más subrayar que Bajarlía, es un hombre de nuestras letras que no sólo es un cruzado y un conocedor, un luchador y un rebelde de muchas causas, sino que como artista viene plasmando obra tras obra un mosaico relevante en virtualmente todos los géneros literarios. Un poeta, para nuestro caso, que deslizó frases como «El alma es una espada que amanece» («Por aquí pasaron», en «Nuevos límites del infierno», página 21); o «Mosquito 1: ¿Te das cuenta cómo están creciendo los gusanos? Mosquito 2: Cuando crezcan un centímetro más, serán aliados del hombre» (Ib., página 35); o, en una alucinante visión cosmológica: «Entonces dijo la voz: /Cuando todo sea un punto /y el tiempo un impulso diluido, /yo soy el que estaré» «Poema de la creación», 1996; o en octosílabos de deliciosa simplicidad: «Mi amada tiene los labios / más sabrosos que la miel; / los ojos más refulgentes / que el lucero de la noche / y el sol del amanecer» («Cantar del amor y la muerte», en «El poeta y el exilio», 1990).

«Atípico hombre de sí mismo», lo definió Francisco Madariaga en el prólogo de «Poema de la creación», 1996, y agregó que «hacía falta un cantor lúcido de luz infinita, que trabajando con las imágenes de la creación , proyectara esas imágenes, sin que impureza alguna siempre rechazada se interpusiera entre el foco proyector de su corazón, de su tiniebla, sangre, razón ardiente, memoria, ciencia, poesía, y las pantallas receptoras del corazón de otros hombres, de los que aún conservan la inocencia de la poesía, del sueño y de la fraternidad.» Y cita a Bajarlía: «La poesía (¿quién la vio?) no tiene rostro, pero tiene unas voz que nos da sombra».

Permítaseme, por último, incluir algunas líneas de cierto sesgo personal en las que intentaré mostrar cómo en él, el arte y la vida, la poesía, la literatura y las relaciones personales tienen límites difusos..

Antes del último verano me escribió varias cartas. En una, me relataba: «Metí un pie en un agujero y caí. No hubo fracturas, pero tengo un dolor persistente en la cintura, por el lado de la espalda, que hasta me impide caminar. Sin embargo, para cumplir con el gobierno de la ciudad, ayer di una conferencia sobre Fijman». Y tras detallar algunas otras contingencias, decía: «Ya me voy pareciendo a Job o a los condenados que en Venecia pasaban por el Puente de los Suspiros». El 21 de agosto, me escribía: «Tu carta del 24 de julio me llevó al instante en que nos conocimos. Me llevó a esa época que tus emocionadas líneas expresan implícitamente que era el tiempo del fervor, el tiempo en que el mundo era joven y nosotros los creadores imbatibles de ese mundo. Tus líneas (o tus entrelíneas) me hablan de una nostalgia cuya instancia debemos dejar en el camino para renovar con otros horizontes donde, como decía Vicente Huidobro, canten los pájaros y nos impulsen a seguir en batalla». Y me contaba que estaba dando un cursillo sobre literatura de vanguardia.

Posteriormente me informaba que había terminado otro libro. «Mi obra sobre Di Benedetto parece estar en marcha en Corregidor, según me lo anunció Manuel Pampín», detallaba Bajarlía en esa carta, en la que, entre expresiones de afecto, no dejaba de advertirme que en una de esas, el día del Apocalipsis ya había comenzado.

Y esta ha sido la visión parcial que puedo ofrecer sobre Bajarlía, el amigo que no puede estar hoy físicamente con nosotros porque los años pesan más en invierno, pero a quien sentimos presente como el Juan-Jacobo de siempre, corazón bullente y mente abierta. El lúcido y generoso. El serio y jovial. El que dice que permanentemente hay que ir más allá. El enemigo de la chantada. El que siempre tiene un libro en edición.

E-mail: bajarlia@gmail.com
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