LUMINOSIDAD Y SOMBRA:
 “EL POEMA DE LA CREACIÓN”
DE JUAN-JACOBO BAJARLÍA

                A veinticinco años de su concepción, escrito en un pequeño cuaderno, con letra diminuta –como recuerda su autor–, este es un poema inmenso, en el sentido que no puede ser medido, a la vez que pone su propia medida en el exquisito instante de un giro. Poema circular, justo en el roce abierto donde el círculo se sueña hélice. La ekpyrosis, esa destrucción cíclica del universo, que Bajarlía retoma a través del estoico Zenón de Citio, reclamaría, paralelamente, la delgada correspondencia de la stijomythia, la autodestrucción del héroe en su juego con el nombre propio. De otro modo el poeta quedaría encerrado en sí mismo, confundiendo la instauración de la palabra poética que lo ampara, con el derecho de autor que lo legitima.

“Entonces dijo la voz:
yo soy el que estaré”

                 Así resuena el leitmotiv que hará del “soy” un acontecimiento temporal (“estaré”) y que pondrá en tránsito la desterritoralización poética. “No había abajo ni arriba. Lo que estaba a la izquierda estaba a la derecha y en todas partes”. El poema rueda ya fabricando un universo, incita al círculo de su creación a evitar la excomunión, a reclinarse en el saludo de los contrarios. Una ceremonia que dibuja lo común de ambos: el tiempo. “El tiempo es un niño que juega con los dados”, decía Heráclito, el soñador de encuentros, ya que en ellos está la misma suerte poética arrojando fugaces hebras de tiempo hacia la destrucción de un sentido único. En su relampagueo, en la imposibilidad de mostrarse totalmente, aparece un destello que caracteriza a la verdad del poema y le talla su imagen.

“Entonces dijo la voz:
yo soy el que estaré
y tendré la luz
en tu vientre”

                EL poema de Bajarlía es una poema de la luz. Está arrancado al caos (“de esta parte del caos hay barro y luz”) y construído bajo una elección lumínica: “si algún día te ofrecen una opción, no pidas el deseo. Pide la luz”.
                Pero, ¿qué es esta “luz”?. ¿Es la misma que abordan los tratados de teología o de física?. ¿Es sobre la que hablamos a la luz del día?. Beckett hablando de Joyce enfatizaba, “su obra no es sobre algo. Es lago”. La luz del “Poema de la creación” es algo de luz, lo que desoculta una aventura del sentido y mantiene oculta otra de sus andanzas como parte de su constitución agonal. Sin la “oscuridad”, el “barro”, la turbiedad, la luz desaparecería como materia donde el mundo pudiera ser imaginado. Por otro lado “iluminar”, quitándole esa posibilidad al contrario, es propio de las “luces de la razón”. La poesía, en cuando don, exceso, transmutación imprevisible, no padece de tal ambición “ilustrativa”, sino que guarda celosamente el rasgo opaco de la verdad como otro indelegable.  

“Entonces dijo la voz:
yo soy el que estaré
y tendré los huesos
en tu sombra”

                Sin embargo es la sombra, partenaire de lo abierto, la que atrapa esa delegación, figurando ese otro de rostro borrado. Un sonido pleno de silencio que no deja de tener resonancias éticas y vitales. Madariaga culmina su prólogo al “Poema...”, con unas entrañables líneas de Bajarlía: “la poesía (¿quién la vió?) no tiene rostro, pero tiene una voz que nos da sombra...”. Rostro, voz, sombra, todas imágenes puras, secas, consistentes, pero también conductoras de la probabilidad de resbalar hasta el equívoco. Sería un error, un espeso malentendido, traducir voz, rostro o sombra al lenguaje coloquial. No son parte de un léxico para entendernos, sino vocablos que asoman en la boca del poema. La voz es la autopresentación de su sonoridad. El “rostro” lo que en ella queda oculto. Y la “sombra” lo que estima que la palabra poética no acaece sin consecuencias notables para la lengua y los usos donde ella se injerta.

“Entonces dijo la voz:
Cuando los ataúdes de fuego
llenen la galaxia
yo soy el que estaré”

                La luz y la sombra vienen adheridas, en el poema, a lo que yo llamaría voluntad de forma (“yo pondré la voluntad”, “tendrás mi voluntad”), que deposita necesariamente el deseo “en el fondo de la bolsa”. Desde aquí el nudo de los contrarios desliza una exigencia estilística: la debilitación sistemática de la metáfora, que Bajarlía reduce al mínimo con su paciente orfebrería de la imagen. Y es que en ese forcejeo limitado y limitante que aflora la imaginación poética, imaginada en cada línea, “la imaginación que crecía en los límites”. Surge nuevamente la cautela de los contrarios. No pueden ser una sin otra, pero tampoco sin sus diferencias. La metáfora tiende a capturar la expresión en el vuelo de la palabra, mientras que la imagen testimonia la activa sensibilización de los objetos, “un pez inició la rebelión de sus aletas”, “avanzó por la línea enrarecida”, etc, son los leves efectos metafóricos que esta prudencia del lenguaje se permite. Quizás ahí asome el jurisprudente que Bajarlía también es.
                Antes empleé los términos “voluntad” y “exigencia”, ahora le agregaría “repudio”. Hay en el Poema de la creación un repudio de la catacresis, del aluvión de metáforas forzadas que caracteriza a la mayoría de las producciones poéticas contemporáneas. El abuso despliega sus “sombras”, poniendo en peligro a la poesía misma, acercándola al palabrería mediático. Así ya no obra con la metáfora, sino queda encerrada, definida y ejecutada poéticamente por la red metafórica.

“Entonces dijo la voz:
Sólo se necesita la diez millonésima
de la diez millonésima de un segundo,
y yo soy el que estaré”

                Entonces, entonces... Me interesa la reiteración de este entonces fuera de toda condición (sí... entonces), de una eventual conclusión (entonces tal o cual cosa), tramado con tres sucesos –cibernético, heraclíteo y dos historias– que no son sucesivos. Por el contrario, destilan tiempos conjuntivos (cíclico, simultáneo e infinitivo) que duran en el acto de la construcción poética. Entonces... sabemos que la unidad de los contrarios –plasmada en el “suceso heraclíteo” –, es lo que sucede repetidamente una y otra vez, que el enlace de seres y estados diferentes es tiempo, porque el tiempo tiñe la clave agónica de la coincidencia.
                Y es con ella que,

“Entonces dijo la voz:
Cuando todo sea un punto
y el tiempo un impulso diluído
yo soy el que estaré”

                El tiempo como impulso diluido consuma un ciclo, pero justo en el punto paradojal del “cuando todo sea”, ya que “todo” no puede ser. En ese límite se torna visible “la imaginación que crecía”, rebasando sus imágenes. Lo que se diluye es lo mismo que abre el ciclo en sus entrañas, no le permite el cierre. Hélice que dispersa la clausura en el viento, no regodeo en el círculo vicioso. Y esto lo muestra el crescento en el poema, un vehículo de su realización. “Entonces dijo la voz”, “dijo la voz”, “dijo la voz”. Se trata de una anáfora (temporal) intensiva. Entonces, ¿qué dijo finalmente la voz?. Estampó: “yo soy el que estaré”. Y el poema vuelve a principiar. “Yo soy el que estaré”, magnífico colofón., porque “lo que dura es obra de poetas”, anunciaba otro grande. Y no dejará de durar, porque ahora sabemos que el “Poema de la creación” es indiscernible de la creación del poema.
                Para concluir dejo estas sugestivas palabras del prólogo de Menassa al “Poema” “Juan–Jacobo Bajarlía... después de haberlo hecho todo, lo seguía haciendo”.

Juan Carlos de Brasi

E-mail: bajarlia@gmail.com
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